dossier Cárcel JUL.2026

Miguel G. Álvarez Cuevas

La piedad en el desierto: del Palacio Negro al Palacio Blanco

Leer pdf
Introducción

Manuel Rodríguez Lozano (Ciudad de México, 1891–1971) ocupa una posición singular en la historia del arte mexicano a partir de la primera mitad siglo XX debido a una propuesta estética que se distanció de los discursos nacionalistas hegemónicos de su tiempo. Asimismo, su identidad homosexual constituyó un elemento significativo que contribuyó a configurar una trayectoria artística y personal independiente dentro del panorama cultural de la época. Pintor, escenógrafo, docente y promotor cultural, fue nombrado director de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM en 1939, año en el que también fundó la revista Artes Plásticas. Su producción artística se caracterizó por la búsqueda de una expresión espiritual, honesta y universal, postura que él mismo definió como un “mexicanismo formal”, en oposición al folclorismo asociado a la Escuela Mexicana de Pintura y a las tendencias más politizadas del muralismo mexicano. ​ En 1942, mientras estaba preso en la cárcel de Lecumberri y pasaba por uno de los momentos más difíciles de su vida, Rodríguez Lozano pintó su primer mural, La piedad en el desierto. El artista había sido acusado del robo de tres grabados atribuidos a Guido Reni y Alberto Durero destinados a una exposición. Como consecuencia, permaneció en prisión preventiva en el pabellón de tuberculosos para varones. Fue en este contexto de confinamiento en el que produjo el mural con la técnica al fresco. ​ La pieza constituye una profunda expresión en torno al sufrimiento humano, la soledad y la redención. La elección del tema revela la dimensión espiritual cerca de veinticinco años en Lecumberri hasta su traslado, en 1967, al Museo del Palacio de Bellas Artes.

Montaje de un crimen

En 1939, el Dr. Gustavo Baz Prada, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, solicitó a los directores y responsables de las distintas escuelas y dependencias universitarias organizar un programa de actividades conmemorativas con motivo del cuarto centenario de la fundación de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. En respuesta a esta iniciativa, Manuel Rodríguez Lozano —que dirigía la Escuela Nacional de Artes Plásticas— propuso que se realizara una exposición de trabajos escolares que se llevó a cabo ese mismo año. De acuerdo con el testimonio del historiador Justino Fernández también se presentó una exposición inédita de grabados, pertenecientes a la colección de Arquitectura y a la propia Escuela de Artes Plásticas, además de otras actividades. ​ La muestra fue presentada inicialmente en Morelia y, posteriormente, en la Ciudad de México. Aprovechando su éxito, Rodríguez Lozano propuso a la Rectoría establecer una exposición permanente de dichos grabados en la Galería de Arte de la Universidad, propuesta que, al parecer, fue aceptada. Tras concluir la exhibición, las obras quedaron resguardadas en la oficina del director, donde permanecieron aproximadamente un año. ​ No existe certeza sobre la fecha exacta en que desaparecieron los grabados. Algunas versiones sitúan el robo en agosto de 1941, mientras que otras lo ubican en octubre del mismo año. Debido a que Rodríguez Lozano tenía bajo su cargo directo las colecciones de la Escuela, fue considerado responsable de la pérdida de las obras, procesado judicialmente y recluido en la Penitenciaría de Lecumberri. Se sabe que fue detenido cerca del 24 de diciembre de 1941, y que algunos de sus amigos le llevaron la cena navideña al Pabellón de Tuberculosos para Varones —espacio que, años más tarde, sería destinado al Pabellón de Psiquiatría—, donde permaneció hasta mayo de 1942.

Manuel Rodríguez Lozano, Desde mi ventana, 1938. Cuadros publicados en el Reporte Fotográfico de la Revista de la Universidad de México, núm. 93, noviembre del 2011.


​ Este episodio plantea algunas preguntas: ¿qué ocurrió realmente?, ¿quién o quiénes sustrajeron los grabados?, ¿las obras fueron recuperadas posteriormente? ​ Una posible explicación del contexto en el que se desarrollaron estos acontecimientos aparece en una nota publicada por El Universal el 10 de mayo de 1941. En ella, el escritor y profesor de la Academia de San Carlos, Luis Basurto, describía el ambiente de tensión que prevalecía en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Según el autor, un grupo de profesores —a quienes calificó como “líderes comunistas”—, trabajadores y estudiantes mantenían una fuerte oposición a la dirección de Manuel Rodríguez Lozano. Paradójicamente, Basurto reconocía que durante la gestión del director “la transformación de la Escuela de Artes ha sido total” y que, por primera vez, la institución contaba con “un órgano cultural de primera categoría”. ​ En contraste con estos avances, el articulista afirmaba que también se habían desatado “pasiones ocultas, envidias y maquinaciones” promovidas por personas que se oponían a las reformas impulsadas por Rodríguez Lozano y que, según su interpretación, defendían antiguos privilegios dentro de la institución. Aunque el lenguaje empleado por Basurto es claramente valorativo y refleja una postura personal, su testimonio permite identificar el clima de confrontación que prevalecía en la escuela durante esos años. ​ Fue en ese contexto de conflicto interno, y mientras el licenciado Mario de la Cueva se desempeñaba como rector interino de la Universidad Nacional, cuando ocurrieron la toma de la Escuela y el robo de tres grabados, hechos que diversas fuentes sitúan entre agosto y octubre de 1941. El testimonio que hace el mismo Rodríguez Lozano sugiere que el responsable de la desaparición podía ser el escultor Ignacio Asúnsolo, profesor de escultura de la Escuela y aspirante a ocupar la dirección del plantel.1 No obstante, las evidencias disponibles no permiten establecer de manera concluyente su responsabilidad en los hechos. Finalmente, los grabados robados fueron devueltos en junio de 1963.

Manuel Rodríguez Lozano en una fotografía de Tina Modotti, ca. 1928. Dominio público.


La piedad en el Palacio Negro

La estancia de Manuel Rodríguez Lozano en la Penitenciaría de Lecumberri fue relativamente breve, permaneció recluido aproximadamente cuatro meses y medio. Años después, en diversas entrevistas, el artista fue interrogado acerca del significado que aquella experiencia había tenido en su vida. En sus respuestas afirmaba que quien había planeado su encarcelamiento, lejos de perjudicarlo, le había hecho un favor, pues esa vivencia le permitió acceder a una dimensión de la existencia humana situada más allá del bien y del mal y la oportunidad de profundizar, según sus palabras, en “la pasión que ha sido la idea central de mi vida: el conocimiento de mi pueblo hasta el máximo extremo”.2 ​ Durante su reclusión, Rodríguez Lozano señaló que lo que predominaba en él no era el resentimiento, sino la piedad hacia los internos con quienes compartía el encierro. De esa experiencia surgió el mural La piedad en el desierto, primera de las dos únicas obras murales realizadas por el artista a lo largo de su trayectoria. ​ El mural retoma el tema iconográfico de la Piedad, inspirado en el pasaje evangélico que representa a la Virgen María sosteniendo el cuerpo sin vida de Jesucristo después de la crucifixión. Se trata de una de las imágenes más recurrentes del arte cristiano desde el Renacimiento, cuya representación más célebre es la Piedad realizada por Miguel Ángel Buonarroti hacia 1500. Al igual que esta obra, la composición de La piedad en el desierto se organiza a partir de una estructura triangular en la que todos los elementos se integran —en términos del crítico Paul Westheim— en una “unidad plástica”. ​ La austeridad del dibujo, la sobriedad de la paleta cromática y la síntesis espacial y temporal confieren a la obra una atmósfera de silencio y recogimiento. A través de estos recursos formales, el artista expresa el dolor como una experiencia compartida y reflexiona sobre la condición humana, donde el sufrimiento, la soledad y la esperanza de redención adquieren un sentido universal. La elección de este motivo religioso pone de manifiesto, además, la dimensión espiritual que Rodríguez Lozano atribuía al arte mexicano. ​ En una entrevista de marzo de 1967, al explicar el origen de esta obra, el artista señaló que se inspiró en “el amor y la esperanza que representaban las mujeres al visitar a sus seres queridos, en el negro reclusorio en donde sólo existe la injusticia”.3 Esta afirmación permite comprender el mural no sólo como una interpretación de un tema religioso, sino también como una respuesta sensible a la experiencia cotidiana de la prisión y al papel que desempeñaban las visitas familiares como símbolo de consuelo y esperanza. ​ La realización de La piedad en el desierto también puede entenderse a la luz de las reflexiones de Rodríguez Lozano sobre la pintura mural. Para el artista, “el muro debe ser la última etapa en la carrera del pintor. Cuando el pintor es dueño de su oficio debe ir al muro”. En este sentido, el fresco marcó el inicio de su denominada época blanca y representó un momento de madurez artística. Para entonces, su producción incluía proyectos de gran relevancia, como la serie Tableros de la muerte de Santa Ana, iniciada en 1932 por encargo de su mecenas Francisco Sergio Iturbe, y anticipaba obras monumentales posteriores como El Verdaccio (1935) y El holocausto (1945). ​ Dentro de la Penitenciaría de Lecumberri, La piedad en el desierto adquirió un significado que trascendió el ámbito artístico. El mural se convirtió en un espacio de devoción para numerosos internos, quienes colocaban veladoras encendidas frente a la imagen, rezaban y le atribuían un carácter casi sagrado. Algunos presos incluso le dedicaron composiciones poéticas. Entre ellas destaca la escrita por Héctor Mancini, procesado por homicidio, quien expresó: “¡Piedad divina! Piedad que vives en el alma con virtud y divina pureza. Ven en auxilio del que llama desde este antro de dolor y tristeza.” ​ Este testimonio evidencia el profundo impacto emocional y espiritual que la obra ejerció sobre la comunidad penitenciaria al convertirse en un símbolo de consuelo, esperanza y dignidad para quienes vivían privados de su libertad.

Manuel Rodríguez Lozano, El holocausto, 1944. Cuadros publicados en el Reporte Fotográfico de la Revista de la Universidad de México, núm. 93, noviembre del 2011.


La piedad en el Palacio Blanco

En 1965, Manuel Rodríguez Lozano regresó a la antigua Penitenciaría de Lecumberri con el propósito de visitar el mural La piedad en el desierto. Durante esa visita constató el grave deterioro que presentaba la obra. Como consecuencia de las modificaciones arquitectónicas realizadas en el edificio, el fresco había quedado expuesto a la intemperie, lo cual comprometía seriamente su conservación. ​ Consciente del riesgo de perder la obra, Rodríguez Lozano gestionó el apoyo de diversas instituciones y funcionarios para rescatarla. Contó con el respaldo del crítico y gestor cultural José Luis Martínez, entonces director del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA); de Alfonso Corona del Rosal, director de Patrimonio Nacional, y de un amigo cercano del artista. Gracias a estas gestiones se obtuvieron los recursos necesarios para llevar a cabo la restauración y el traslado del mural al Museo del Palacio de Bellas Artes. ​ La intervención fue realizada entre febrero y marzo de 1967 bajo la dirección de Adrián Villagómez, entonces director del Centro de Conservación de Obras Artísticas (CNCOA) del INBA, por un equipo de especialistas conformado por el restaurador de obras de arte y pintor Tomás Zurián, quien se desempeñaba como jefe del Taller de Restauración de Pintura Mural del CNOCA, un colaborador4 y la participación —aparentemente fallida en la reintegración del color sobre el mural— de Ignacio Nieves Beltrán, conocido como “Nefero”, antiguo alumno de Rodríguez Lozano. Para el rescate de la obra se empleó la técnica del strappo, procedimiento que permitió desprender la capa pictórica del muro original, montarla sobre un nuevo soporte con bastidor metálico, y trasladarla al segundo piso del Palacio de Bellas Artes. ​ La incorporación de La piedad en el desierto a la colección permanente del Museo del Palacio de Bellas Artes aseguró la preservación de una de las obras más importantes de Manuel Rodríguez Lozano y favoreció una nueva lectura de su producción mural. Desde entonces, el fresco comparte espacio con otros murales trasladados desde sus emplazamientos originales, entre ellos Alegoría del viento (1928), de Roberto Montenegro, y Carnaval de Huejotzingo (1936), de Diego Rivera, consolidando así un conjunto representativo del muralismo y de la pintura monumental mexicana del siglo XX.5

Juan Guzmán, La piedad en el desierto, 1942. © Archivo Fotográfico Manuel Toussaint, IIE, UNAM.

Imagen de portada: Manuel Rodríguez Lozano, La piedad en el desierto, 1942. Cortesía del Museo del Palacio de Bellas Artes, INBAL.

  1. Rodríguez Lozano, Manuel, Pensamiento y pintura, UNAM, 1960, p. 174. 

  2. Op. cit., pp. 277 y 278. 

  3. “El mural penitenciario de Rodríguez Lozano a Bellas Artes”, en El Heraldo de México, 16 de marzo de 1967. 

  4. Ver la tesis de Alejandra Ortiz Castañares, donde se recupera el relato de este suceso a través de las entrevistas realizadas en abril de 2012 a Tomás Zurián. En Ortiz Castañares, Alejandra, Manuel Rodríguez Lozano (1891-1971): pintor mexicano deuteragonista en la época de los grandes. Tesis doctora, Universidad Pablo de Olavide, Sevilla, España, 2016, pp. 444-449. Se puede consultar en https://rio.upo.es/entities/publication/54070b89-4ee6-43df-a58f-5b944159cd0e/full 

  5. En el marco del proyecto Muralismo Desbordado. Vol. 2, coordinado por el Museo del Palacio de Bellas Artes, la artista Julieta Gil, en colaboración con Pablo Martínez-Zárate, desarrolló Transposiciones, un proyecto artístico que, desde la ficción especulativa, los medios digitales y la realidad aumentada, explora las nociones de monumento, memoria y archivo. A través de esta propuesta, los artistas invitan a reflexionar sobre las conexiones y ensamblajes imaginarios entre los espacios arquitectónicos donde fueron concebidos originalmente los murales de Roberto Montenegro, Diego Rivera y Manuel Rodríguez Lozano, y el Palacio de Bellas Artes, institución que actualmente resguarda estas obras en un nuevo soporte arquitectónico. Véase Muralismo Desbordado. Poliangular. Secretaría de Cultura, INBAL y Fundación Mary Street Jenkins, México, 2025.