Demasiado al norte, de Emiliano Pérez Grovas
Las nuevas experiencias están sobrevaloradas
Hago fila en el kiosko de la tesorería de Plaza Acoxpa para imprimir mi acta de nacimiento. Estoy de vacaciones y, como todo maestro, aprovecho esa libertad para enfermarme, acudir a mil médicos, hacerme análisis y fingir que puedo ser una persona con mejores hábitos. Por primera vez en veinte años, llevo diez días sin fumar y me acaban de colocar un implante de titanio israelí en la encía. Yo quería el suizo —temo que el implante sionista esconda una bomba si me pongo a ver Al Jazeera—, pero se salía de mi presupuesto. Estoy de pie, con una boina caricaturesca que me protege de un sol inexistente y tengo en la bolsa derecha del saco Demasiado al norte, la primera novela de Emiliano Pérez Grovas, ganador del premio Mauricio Achar 2025. La fila avanza con lentitud, me anteceden unas cincuenta personas. Esto va pa largo. Sigo de pie, restan seis señores para que pueda acceder a las banquitas donde la gente se desliza lateralmente para seguir avanzando. Todos me parecen extras que contrataron para petrificar, no sé por qué razón, la película de mi vida. Todos están en sus teléfonos y no se dan prisa al desplazarse para que, por fin, pueda alcanzar las cómodas banquitas donde no tendré nada que hacer además de sonreír. En vez de desesperarme, saco el libro. Un epígrafe de la tristísima canción “Deep Blue” de Arcade Fire me orilla pensar que yo siempre quise inaugurar un libro con la letra de una canción tan buena, pero los excesos de La Onda citando éxitos de los Rolling Stones me hicieron cauto a la hora de aludir a melodías que en unos años podrían resultarme insoportables. Lo mismo, pienso, puede pasar con la literatura; no hay gran diferencia. Hoy ya no puedo leer a Bukowski, ni a Hermann Hesse, ni a Don de Lillo; ni ciertos textos de Carlos Fuentes, José Agustín, Vicente Leñero o García Ponce, sin bostezar o arrepentirme. En cambio, hay otros autores, penosamente los más conservadores, que parecen no resentir el paso del tiempo: Baudelaire, Borges, Nabokov; letras dictadas al oráculo para que queden fijadas en piedra. ¿Pero por qué no poner de epígrafe una letra de Pete Doherty, Victoria Legrand o Sufjan Stevens? Suena liberador. El inicio de la novela de Pérez Grovas no me es extraño: una joven pareja se muda a un país del norte primermundista —el epígrafe sugiere un eco canadiense—, donde ella, aludida siempre por la voz del protagonista como “mi cónyuge”, tiene un trabajo nuevo, esperanzas de un mundo estable, anhelos de futuro; mientras que él se sume en la quiebra de su propio ocio; laberinto que evoca fantasmas y nos cura de cualquier anhelo. La pareja comparte vivienda con un hombre en silla de ruedas, aludido siempre como “el coinquilino”, cuya presencia se encarga de neurotizar al ya de por sí depresivo protagonista que pasa sus días reinventando la nada a la distancia; preocupado por un “familiar enfermo”, que agoniza a miles de kilómetros expirando un hilo invisible que sume al protagonista en la más penosa parálisis. La novela suena trágica, no lo es. O sí, pero solo en su trasfondo. El empaque, en cambio, es absolutamente cómico. Algunos dirían humor negro; yo, sin guiños fenotípicos, diría humor blanco, gélido, desolado, como un enorme iceberg impoluto dándose poco a poco una maroma hasta deshielarse frente a un pueblo fantasma. La fila avanza, me emociono, pero un señor que todavía anda viendo teorías conspiranoicas del Mundial en su teléfono no se entera, o no quiere enterarse que tiene que pasar a la siguiente banquita para que nos permita sentarnos a los que ya no aguantamos la contractura del chamorro. Lo odio con la mirada, los puños apretados en el libro, y me imagino qué pasaría si de pronto me pongo a gritarle que el mundo no es solo para él y que tenga consideración por las piernas exhaustas de la retaguardia burocrática. Ahí está la palabra, ya la dije. Aunque se piense lo contrario, no es fácil retratar con sutil ironía a la burocracia: enfermedad terminal de un mundo tramitológico; el tema es tópico, pero un tratamiento tan exacto, prudente y no obstante hondo, hilarante y doloso como el que emplea Pérez Grovas es raro encontrarlo en nuestra tradición, demasiado obsesionada con la caricatura. Pérez Grovas, como Voltaire, como Swift, como Kafka, Beckett, la Iris Murdoch de Bajo la red, Stella Gibbons, Tom Sharpe; o Torri, Levrero, Aira o Tomeo en nuestra lengua, es un ironista nato. Quizá principiante, pero con un futuro lúdico y laberíntico si decide aferrarse a la senda del humor fino en vez de la podrida parodia maniquea que se ha instalado en el imaginario mexicano como única posibilidad de comedia. El protagonista, que no tiene nada que hacer en ese país lejano, turistea sin un centavo incordiando los estrictos códigos de conducta del primer mundo. Asciende a la cima de un rascacielos icónico y lo regañan por golpear el ventanal; lo que el guardia de seguridad no entiende es que él ve a una mujer que está pintando el techo del edificio aledaño de forma incorrecta: “Empieza a pintar el piso de la azotea rodeando todo el perímetro exterior, lo cual es un error. No es necesario ser un experto en la materia para saber que, así con la pintura como, por ejemplo, cuando se trapea, una buena práctica es pensar bien la ruta antes de empezar a mojar el suelo” (45). De seguir así, la trabajadora terminará encerrada en su propio laberinto de pintura por lo que el protagonista, quien se encarga de la limpieza en su casa compartida, trata de hacer la mímica a la distancia para enseñarle cómo hacerlo correctamente, lo que lleva a todos los presentes a considerarlo un lunático. Y lo es: pierde el tiempo viendo cómo la gente que camina entre la nieve se resbala en una alcantarilla; está convencido de que las gotitas de pipí en la taza del baño, por las que lo regaña su novia, las deja el coinquilino en silla de ruedas, quien quizá finge su discapacidad; embiste a madres enervadas con el carrito del super por culpa de una rueda rota —y él parece identificarse con esa rueda—; como solo tiene wifi en un cine público que paga por suscripción, se dedica a hablar a susurros con su familia durante las funciones. Ya avanzó la fila y me estoy muriendo de risa, una risa compleja y colmilluda; sin que el humor obnubile aquellos pasajes en los que el narrador consigue evocarme antiguos miedos metafóricos, como pálpitos de una lejanía fantasma. Sin duda hay un remanente trágico en Demasiado al norte, sin embargo, Pérez Grovas reinventa la comedia situacional seinfieldiana aderezándola con toda la toda la nostalgia del sur de la CDMX. Para ser más específico, Demasiado al norte reconcilia al Larry David de Curb Your Enthusiasm con el Mario Levrero de la Trilogía involuntaria, salpimentando cada escena con una pizca de melancolía tropical –o el Mal del Jamaicón: ese futbolista de Jalisco que en los años cincuenta se fue a jugar a Europa y cayó en depresión porque allá no había sopes ni chalupas—, no obstante, Pérez Grovas se apropia de estas referencias y las lleva a su terreno generacional, y sale bien librado. Levanto la cabeza y me doy cuenta de estaba tan absorto en la lectura que ya hay un montón de gente enfurruñada esperando a que me mueva para poder avanzar, algunos incluso me han saltado sin que me percatara, y yo los dejo pasar. Para cuando termino el libro, ya no sé ni qué hago en esa fila, ¿quién soy? ¿qué quiero aquí?, me pregunto, y de pronto me convenzo de que solo fui a esa fila a leer durante dos horas la primera novela de Emiliano Pérez Grovas, una excelente novela, una novela que explora miedos biográficos, miedos futuribles a las decisiones superacionales de la migración de la clase media. El protagonista, que nunca ha visto la nieve, se petrifica frente a ella sin atreverse a pisarla por temor a afincarse en una tierra ajena. “Las nuevas experiencias están sobrevaloradas”, piensa y vuelve a parapetarse en su ventanal, siempre escindido de la ecuación, siempre culpando al otro de su peculiar locura, hasta que descubre la única forma de sobrevivir en un mundo deshumanizado: la impostura. Pero contarles del rengueo que finge el protagonista para discapacitarse en una sociedad mezquina y culposa sería decir demasiado. Basta con que sepan que esta primera novela es una magnifica cura para sortear los tiempos muertos de la democracia actual. Esperemos que sea la primera de muchas.
Emiliano Pérez Grovas, Demasiado al norte, Literatura Random House, 2025. Premio Mauricio Achar/ Random House 2025.
Imagen de portada: Detalle de portada de Emiliano Pérez Grovas, Demasiado al norte, Literatura Random House, 2025. Premio Mauricio Achar/ Random House 2025.