periódicas Cárcel JUL.2026

Jorge Sánchez Cordero

Aura y transfiguración: las colecciones culturales privadas en la constelación del patrimonio

A Carlos Vela Sánchez, con entrañable afecto y profunda gratitud


Las colecciones culturales son consideradas el repositorio del oro del tiempo. Un sistema cultural, de cuya arquitectura forma parte el coleccionismo, es una construcción social fundamentada en una serie de principios y postulados que modelan la forma en que sus protagonistas convergen en un paradigma para reflexionar y actuar. ​ Las colecciones, cuya prerrogativa es ordenar el tiempo, ensamblan bienes culturales de diversa naturaleza que pertenecen a distintas épocas. Estos bienes, guardianes del tiempo que se manifiestan en la memoria cultural, portan las centellas imaginativas de sus autores. ​ Conductoras de la creatividad y la innovación, las obras compiladas conservan la memoria histórica, transmiten una experiencia y condensan el tiempo. Las colecciones culturales fomentan un diálogo intergeneracional y convierten el tiempo en un valor cultural. Las obras incluidas en ellas son, por lo tanto, un encuentro con el tiempo.1 ​ El coleccionismo deviene en un acto creativo porque transfigura el significado de las obras acogidas, las cuales instituyen la convergencia de diferentes ideas, personas, formas de pensar, técnicas y narrativas, entre otros aspectos. El coleccionista sustrae el bien cultural de su función originaria y, al hacerlo, construye con éste un vínculo íntimo de naturaleza simbólica y cultural.2 ​ Quien posee una colección privada refleja inexorablemente su temperamento y sus cánones estéticos particulares. Más aún, su colección es una expresión de su cosmovisión. Por ello, él mismo se convierte en un creador de significados y coherencias. ​ Los bienes culturales son obras vivas que desempeñan dos funciones excluyentes: la primera consiste en realizar su función de origen; la segunda acaece cuando se ven desprovistos de ella. ​ El coleccionismo es críptico e inherente al ser humano. Las colecciones comprenden diversas realidades; en algunas ocasiones, redimen legados culturales y, en otras, abastecen colecciones públicas. El coleccionismo crea nuevas identidades, tanto del objeto como del coleccionista.

La taxonomía

No es fortuita la referencia a Noé como el primer coleccionista. En acatamiento del mandato divino, el personaje bíblico reunió en su legendaria arca toda clase de criaturas. La orden de Dios era terminante: congregar a todas las especies, un macho y una hembra de cada una, para preservarlas. El coleccionismo era el vehículo idóneo para lograrlo. ​ Noé sería el caso extremo del coleccionista: puso su vocación al servicio de la divinidad y, en consecuencia, padeció la patología de la integridad de la colección. El primer efecto del coleccionismo, en términos bíblicos, fue salvaguardar las especies de la extinción. Por ello, se vio compelido a refundarlas. En su persona se concitaron las fuerzas del coleccionismo: la nostalgia y el deseo, la pérdida y la salvación, la urgencia de erigir un sistema permanente y omnisciente frente a la destrucción del tiempo. ​ La simbiosis entre la clasificación y las colecciones se volvió incontrovertible. La taxonomía las transformó en un concepto operativo y las colecciones han sido, a su vez, un catalizador de la clasificación. La historia del coleccionismo es un relato sobre cómo los seres humanos han procurado acomodar y apropiarse de obras y ampliar las taxonomías y los sistemas de conocimiento heredados. Si la clasificación es un ordenamiento de los pensamientos y las percepciones de la humanidad, su personificación obvia es la colección. ​ Más allá de la referencia a Noé, resulta extremadamente complejo determinar el origen de la noción de colección, pero es posible conjeturar que es en el ámbito religioso donde se registran los primeros indicios de las colecciones. Se pueden mencionar, por ejemplo, las egregias colecciones canónicas, vinculadas al legado arquitectónico, que pretendieron exaltar la fe. La religión determinó el canon estético y, con ello, los fundamentos del arte occidental.

México 1982/2022

​ La narrativa jurídica del coleccionismo no es una tarea sencilla. Primero, porque requiere un enfoque multidisciplinario. Junto a esta asignatura están la historia del arte, la sociología y la economía, entre otras, que se entrecruzan y se confrontan. El derecho, testigo idóneo de su tiempo y artífice de la consolidación de los valores sociales, participa en la metamorfosis del patrimonio cultural. Los desafíos y las transformaciones del coleccionismo permanecen, por tanto, en la encrucijada entre la historia, la cultura y el derecho. ​ La constatación fáctica tiende a imponerse: las colecciones trascienden la categorización y la organización. El destino natural de los bienes culturales es la colección, ya sea privada o pública. ​ Los cambios geopolíticos de la segunda mitad del siglo XX, la disipación del sistema colonial, el repliegue de las potencias europeas, la transfiguración del orden mundial y la erupción de un intenso nacionalismo tuvieron importantes repercusiones en la concepción de la cultura y en la semántica del patrimonio cultural, que hasta entonces había sido esencialmente eurocéntrica. ​ Estos factores desencadenaron una conmoción en las colecciones, cuyo epicentro se suscitó en la controversia sobre la legitimidad de la procedencia de los bienes que éstas albergan, en especial, los arqueológicos. El cambio de mentalidad se plasmó en las declaraciones de México de 1982 y 2022 en la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales (Mondiacult), las cuales se erigieron como referencias de la conciencia universal para la salvaguarda del patrimonio cultural.

La noción

Delinear el contorno de las colecciones ha demostrado ser una tarea hercúlea debido a sus múltiples aristas y a los puntos tangenciales con otras disciplinas sociales. ​ Uno de los criterios principales para elucidar quién es coleccionista yace en la diferencia básica entre las colecciones públicas y las privadas. Al respecto, se han desarrollado varios modelos que explican las distintas conductas coleccionistas. En su mayoría, predomina la cualidad sobre la cantidad. Es decir, el extracto de la colección es cualitativo, en tanto que la organización es cuantitativa.3 ​ Además, debe distinguirse entre un conglomerado y una colección. El primero puede referirse a un solo bien cultural compuesto por varios elementos o a varios bienes adheridos por su uso. El elemento determinante es el vínculo que generan, el cual implica una obligación de medios para conservar y preservar estos objetos por su participación en un simbolismo general.
Por su parte, la colección es un conglomerado específico de bienes de orígenes diversos, reunidos por la voluntad de una persona. ​ La noción de colección se nutre de la antología, entendida como una compilación literaria. La colección tiene como notas distintivas la unidad y la coherencia de sus componentes, cuya participación individual se explica en función de su desempeño respecto del todo. ​ La colección tiene también componentes acumulativos: uno físico y otro intelectual. La dimensión física brinda consistencia a la colección. Desde la perspectiva intelectual, el énfasis radica en el vínculo entre los bienes, el cual sintetiza elementos heterogéneos con el propósito de cimentar una construcción homogénea. ​ Así, la colección es un complesso culturale que nace de un interés excepcional. En conjunto, los elementos adquieren un valor mayor que por separado y cobran coherencia. Estos atributos, la coherencia y el valor, respecto a la historia del arte y de las civilizaciones, las ciencias y las técnicas, determinan la existencia de una colección. ​ La Unesco estableció que una colección es un conglomerado de bienes naturales y culturales, tangibles e intangibles, del pasado y del presente. Además, definió el patrimonio cultural como el conjunto de valores y expresiones, también tangibles e intangibles, que las personas seleccionan e identifican, con independencia de su titularidad, como el reflejo y la manifestación de sus identidades, creencias, conocimientos, tradiciones y entornos de vida, los cuales merecen ser protegidos, valorados y transmitidos a las futuras generaciones.

Arthur Matosyan. Via Unsplash.

​ En el ámbito regional, el Instituto Brasileño de Museos propuso que una colección es un bien cultural de naturaleza tangible e intangible, incluido el patrimonio natural, preservado por personas u organizaciones de carácter público o privado, y que tiene vínculos con la historia, la memoria y la identidad de diversos individuos y grupos sociales, y que no se encuentra bajo la custodia de museos, cuyo interés cultural justifica su protección y promoción. ​ La academia, por su parte, postuló que una colección es un conglomerado de objetos naturales o artificiales mantenidos de forma temporal o permanente fuera del circuito de las actividades económicas y, por lo tanto, sometidos a una protección especial en un espacio cerrado, acondicionado para tal efecto.4 A partir de esta definición, se entrelazaron las notas distintivas de la colección museística, como su selección y coherencia, su valor simbólico y su finalidad, además de su tendencia a incluir elementos inmateriales, propios del patrimonio cultural intangible.5 ​ Hay un sinnúmero de vertientes en la manufactura de las colecciones, tales como la identificación de los bienes acopiados o el inventario. Sin embargo, su impulso en el ámbito internacional ha sido muy debatido a causa del recelo por la protección de la propiedad privada y de la privacidad. ​ Igual de polémica ha sido la vertiente sobre la cantidad de información que debería recopilar una colección, la forma en que se podría acceder a ella sin transgredir la privacidad y, en ese sentido, las medidas de protección. ​ La colección transita de forma natural hacia el entorno museístico, donde se ha suscitado una simbiosis entre el coleccionismo, las publicaciones y el cometido educativo. Hoy en día, el museo se ha vuelto el escenario de intensas polémicas sobre su naturaleza y metodología. ​ La Convención Cultural de Unidroit de 1995, pionera en el derecho internacional en la materia, confiere a la colección una categoría jurídica específica. Además, adjudica a los particulares la legitimidad para exigir la reintegración de los bienes culturales robados. Con ello, esta convención fractura la hegemonía cultural del Estado y abre un nuevo espacio de libertad. Así, el criterio para determinar lo que es culturalmente valioso y digno de protección no depende de un acto de gobierno. ​ Sin embargo, subsiste el gran tema de regular el vínculo del Estado con las colecciones culturales privadas. Es en el museo donde estas últimas se transfiguran bajo el régimen de la colección pública. El museo se convierte entonces en un receptáculo de colecciones privadas, yuxtapuestas bajo distintos regímenes jurídicos, lo que genera un enjambre de enorme complejidad.
​ Una de las posturas más controvertidas es el acceso público a las colecciones privadas, lo cual contribuiría a mitigar las inconsistencias que permiten que parte de los tesoros nacionales se encuentren en manos privadas, cuando constituyen parte del patrimonio nacional. Si bien la exhibición de colecciones privadas en museos asegura el acceso a obras de arte que han estado fuera del alcance del público, persiste la exhibición del arte contemporáneo, que influye en el mercado y genera pingües beneficios para los coleccionistas que se arrogan el predicado de lo “museísticamente correcto”. ​ Las colecciones privadas han sido y continúan siendo muy polémicas. En los países donde florece el mercado internacional del arte, se facilita la formación de esta clase de colecciones. La consecuencia de ello es que los coleccionistas se vuelven catalizadores de la destrucción del patrimonio cultural. Esto evidencia que la salvaguarda de dicho patrimonio en sus países de origen y el coleccionismo privado son extremos antagónicos y totalmente irreconciliables.

Andrew Neel. Via Unsplash.

Imagen de portada: Johann Zoffany, Tribuna of the Uffizi, 1772-1777.

  1. André Malraux, Les voix du silence, Éditions Gallimard, 1951, núm. 3. 

  2. Walter Benjamin, Illuminations: Essays and Reflections, Hannah Arendt (ed.), Shocken Books, Nueva York, 2007. 

  3. Jean Baudrillard, citado en Maurice Rheims, Les collectionneurs: De la curiosité, de la beauté, du goût, de la mode et de la spéculation, Éditions Ramsay, 1981 p. 35. 

  4. Kristof Pomian, citado en Concepts clés de muséologie, bajo la dirección de André Desvallées y François Mairesse, ICOM, 2010. 

  5. François Mairesse, ibid., p. 27.